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Primera cita

Primera cita

Esa noche Susana se preparaba para su primera cita con Carlos. Se habían conocido días atrás en una fiesta de cumpleaños. Habían hablado varias veces por teléfono y por fin nada impedía que ese día saliesen juntos por primera vez.

Susana quería estar impresinante y se esmeró acicalándose. Por la tarde fue a la peluquería y le retocaron el corte y el color. La peinaron de modo que su cabello estaba perfecto para grabar un anuncio de pelo Pantene.

Una vez en casa, se bañó con su gel especial de albaricoque, luego con el de miel hidratante y por último se pasó el guante de crin por todo el cuerpo con el de aloe vera. Al salir de la ducha, y con su cabello protegido por una toalla, se dio una mascarilla desincrustante, luego otra exfoliante y por último una hidratante. Entre mascarilla y mascarilla, se depiló todo lo depilable y dio forma al arco de sus cejas quitando los pelitos sobrantes con unas pinzas. Se retiró la última mascarilla. Su piel quedó perfecta. Comenzaba la sesión de maquillaje. Primero el corrector de ojeras e imperfecciones; luego la base, luego los polvos transparentes para eliminar los brillos. Se dibujó la raya del ojo con un pulso de cirujano; se aplicó tres tonos de sombra debajo de la ceja y en los párpados. En las pestañas se aplicó la máscara efecto pestañas de abanico. Parpadeó dos veces. Sacó del bolso la barra de labios comprada para la ocasión y se coloreó sus prominentes labios, que posteriormente dejó con aspecto de jugosos gracias al gloss. Con la brocha grande se espolvoreó el colorete rosa en las mejillas con el arte de un pintor que da los últimos retoques a su obra maestra. Se quitó la toalla de la cabeza y se soltó el pelo.

Se colocó en un rápido gesto ese vestido precioso que había comprado hacía varias semanas y que reservaba para una ocasión especial.

Se calzó sus tacones favoritos de siete centrímetros y medio.

Sí. Estaba maravillosa. Y había acabado con el tiempo justo de acudir al lugar en el que habían quedado. Así que esperó diez minutos más en casa, no fuese a ser uno de esos chicos impuntuales y ella tuviese que estar esperándolo.

Cogió el coche y se dirigió a su destino. Cuando llegó él la esperaba ya. ¿Pero... ése era él? Iba sin afeitar, el pelo demasiado largo y parecía que se acababa de levantar de la siesta. Llevaba una camiseta arrugada, unos vaqueros machandos por los bolsillos y unos zapatos viejos y sucios.

Él le sonrió y se aproximó hacia ella. Mientras le daba dos besos le decía: - ¡Qué guapa te has puesto! No me habías dicho que te ibas de boda después del café.

Susana quiso en ese momento que se abriese una gran grieta en el suelo por donde la tierra se la tragase, pero improvisó:

- No. En realidad vine para decirte que no puedo quedarme contigo porque tengo que sustituir a una amiga en un pase de modelos. Lo siento, Carlos. Otro día será.

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